
Cada vez que escribo, intento mantener una objetividad que por cierto, es bastante difícil de lograr. Trato de mantenerme fielmente unido a la realidad, a cómo se vive cada hecho en mi vida y la de los demás. Sin embargo, en esta ocasión, creo que es imposible retratar algo sin que se interponga ese sentimiento que sinceramente logra hacerme sentir en un lugar que pocas veces podemos estar.
Es increíble lo que algo tan banal para muchas personas, como el fútbol, pueda ser causante de mover y mantener felices a muchas, pero muchas más. El deporte rey, la pasión de multitudes, el acto deportivo más hermoso del mundo esta vez sonrió a un pueblo que ve el fútbol como una salida a todos sus problemas y provoca que se olviden de sus rutinarias, funcionales e infelices vidas por sólo 90 minutos.
Así es, durante esos 90 minutos, Chile sonríe y espera que cada representante de nuestra pasión entregue esa necesidad de sentirnos los mejores del mundo. Superiores a todos y olvidando esa maldita historia de malos recuerdos.
Hombres, mujeres, jóvenes y niños; nada ni nadie está ajeno a esta sensación de alegría que entrega, insisto, para muchos, algo tan banal como el fútbol. El sábado 10 de octubre, la selección de nuestro país logró la clasificación al campeonato mundial de balon pié en Sudáfrica tras superar de visita al seleccionado de Colombia por cuatro goles contra dos, en un partido, que sin duda, fue unos de los más emocionantes que he visto. Posterior a eso, fui uno de los miles de chilenos que fue al lugar donde convergen las celebraciones del deporte más importante de Chile, exacto, Plaza Italia. Era increíble cómo todos gritaban por un mismo hecho, todos felices por una misma causa, todos por esa noche olvidaron sus problemas y las calles de santiago eran simplemente un carnaval.
Superamos a los mejores: Le ganamos al inganable, Argentina. Fuimos a lugares extremadamente hostiles como el monumental de Lima en Perú y el mítico Defensores del Chaco en Paraguay, donde Chile mostró esas ganas de lograr grandes cosas. Fuimos al centenario y los uruguayos apenas nos empataron el partido. En la altura de la Paz en Bolivia tuvimos más oxigeno que todo el mundo y ganamos el partido; fuimos al país caribeño de Venezuela y logramos el triunfo en el último minuto, cómo siempre nos tocaba perder a nosotros; y estuvimos en Colombia junto a los 11 jugadores que en esa ocasión dijeron que Chile sí iba al mundial. Escuche frases que ya quedarán en la historia chilena como la de Luis Bonini a Humberto Suazo… “…te quiero ver chupete y la concha de tu hermana, te quiero ver…” y observé imágenes que representan lo que es Chile en su propia esencia.
No caeré en entupidas alabanzas e ideas de nacionalizaciones innecesarias, pero estamos en la mitad de todo, falta el tiro de gracia para que todos gritemos y cantemos como nunca lo hemos hecho. Estamos esperanzados en que seremos los mejores del mundo. Quizá no sea así, pero hay que creer, porque como lo dije hace dos años atrás, no matemos a la gallina de huevos de oro, ya que estoy seguro que esos huevos que pondrá Chile en Sudáfrica tendrá esa incansable fuerza mapuche, también esa creencia nortina, tendrá ese coraje sureño y por sobre todo, habrá esa pachorra chilena que nos caracteriza a todos día a día para poder sobrevivir en esta mundo.

Los elefantes, jirafas, leones y selva nos esperan. Chile será uno de los 32 equipos que darán la vida por conseguir ese trofeo dorado de la copa del mundo. Iremos al continente negro y Bravo, Medel, Ponce, Matías, Valdivia, Suazo y Alexis junto a otros soldados rojos entregarán todo para que el pueblo chileno grite un ¡VIVA CHILE! como nunca antes lo ha hecho. Por el momento, lo único que queda es arreglar mis cosas, juntar las Lucas, pintarme la estrella solitaria en la cara y mentalizarme para cruzar el Atlántico detrás de nuestra selección. Por lo menos yo, trataré de estar, quién quiera acompañarme y cree en esto, sólo me lo hace saber.
¡VIVA CHILE MIERDA!
Felipe López Miranda.

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